La IA está creando un mundo completamente nuevo para los creadores: ¿la estás aprovechando bien?

Durante décadas, cineastas y escritores han imaginado tecnologías que aún no existían y han creado versiones ficticias del futuro para que el público las viera. Hoy contamos con las herramientas para imaginarlo, crearlo y empezar a construirlo nosotros mismos.

Por Jonny Caplan | Oct 07, 2026
Andriy Onufriyenko | Getty Images

Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Conclusiones Clave

  • La IA está ayudando a los creadores a convertir sus ideas en prototipos y negocios sin esperar a que alguien más los desarrolle.
  • La mayor oportunidad no es trabajar más rápido, sino replantear cómo creamos y cómo deberían ser nuestros espacios de trabajo.
  • A medida que la narrativa, el desarrollo de producto y el marketing convergen, los emprendedores pueden probar más ideas con menos recursos.

Hace unos años escribí un artículo en el que exploraba algo que siempre me ha fascinado: cómo guionistas, cineastas y productores han imaginado, una y otra vez, tecnologías décadas antes de que existieran. De los hologramas y las máquinas inteligentes a las interfaces futuristas y los robots, el entretenimiento ha creado muchas veces el modelo ficticio que luego emprendedores tecnológicos, científicos e ingenieros convirtieron en realidad.

En aquel momento, lo analizaba desde la perspectiva del cineasta y el innovador tecnológico, y de lo estrechamente conectados que siempre han estado esos dos mundos. Lo que hoy me entusiasma todavía más es que esa relación está cambiando. Estamos entrando en una etapa en la que el creador no tiene que esperar necesariamente a que alguien más construya la tecnología que imaginó. Cada vez es más posible imaginarla, contar la historia que la rodea, visualizarla, convertirla en prototipos, desarrollarla, comercializarla y ponerla frente a una audiencia nosotros mismos. Es un cambio extraordinario.

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Los creadores ya no tienen que esperar a los constructores

Durante generaciones, el cineasta podía imaginar el futuro, pero tenía que simularlo. Fabricábamos utilería, escenografías, efectos visuales y entornos generados por computadora para mostrarle al público cosas que todavía no existían. Creábamos un producto ficticio para una película o una serie de televisión y lo hacíamos lucir lo bastante real para que la audiencia creyera que existía. A veces, esas ideas de ficción terminaban inspirando a alguien a salir a construir la versión real.

Hoy, ese mismo creador puede tomar la idea ficticia y empezar a construir lo real.

Podemos contar la historia, desarrollar el concepto, generar la identidad visual, crear el primer prototipo, iterarlo rápidamente, probarlo con una audiencia y usar las redes sociales para difundir la historia y, con suerte, generar ventas. El creador puede ubicarse en el centro de todo un ecosistema que antes requería varias empresas, departamentos y especialistas. Creo que apenas estamos empezando a comprender lo que eso significa.

Estamos viviendo uno de los periodos más emocionantes de la historia para cualquiera que se considere creador, emprendedor, inventor, cineasta, diseñador o simplemente alguien con una idea que quiere hacer realidad. Las herramientas son cada vez más accesibles, el costo de experimentar está bajando y la capacidad de llegar a una audiencia global nunca había sido tan grande.

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Una nueva tecnología necesita un nuevo espacio de trabajo

Sin embargo, algo extraño está pasando. La mayoría seguimos trabajando casi igual que antes de que llegara toda esta tecnología.

Nos sentamos frente a un escritorio, miramos una pantalla, abrimos documentos, hojas de cálculo, presentaciones y ventanas del navegador, y movemos información por un espacio de trabajo bidimensional. Hemos incorporado la inteligencia artificial (IA) a ese entorno, pero en muchos casos todavía la usamos de una forma fundamentalmente bidimensional.

Me parece especialmente interesante porque estudié arquitectura en la universidad. Diseñábamos edificios y espacios en tres dimensiones, pero gran parte del proceso creativo ocurría en un restirador en dos dimensiones. Intentábamos representar un mundo tridimensional sobre una hoja plana. Incluso nuestros dibujos en 3D se creaban, en última instancia, sobre una superficie 2D.

Creo que la próxima evolución del trabajo será muy distinta.

Vamos a tener que empezar a pensar de forma mucho más multidimensional, y no solo en horizontal a lo largo de una pantalla. Nuestros entornos de trabajo serán cada vez más visuales, espaciales e interactivos, con modelos tridimensionales, pantallas de datos en el campo visual (heads-up displays), interfaces holográficas, videomapping, realidad aumentada, realidad mixta y otras tecnologías que se integrarán cada vez más a cómo creamos y comunicamos.

Para quien haya visto Minority Report, hay una razón por la que los entornos de trabajo futuristas siempre han resultado tan atractivos. La idea nunca fue tener una pantalla de computadora más grande, sino cambiar la relación entre los seres humanos y la información, de modo que esta pudiera existir a nuestro alrededor en lugar de estar atrapada dentro de un rectángulo sobre un escritorio.

Ahora empezamos a tener la tecnología para hacer posibles algunos elementos de esa visión.

La IA será una parte importante de esa transición porque no es simplemente otro software. Cada vez más, se está convirtiendo en una interfaz entre nuestras ideas y las cosas que queremos crear. Puede trabajar con palabras, imágenes, video, audio, datos, código y combinaciones cada vez más complejas de todos ellos. Cuanto más convergen estas capacidades, menos sentido tiene pensar en nuestro trabajo como una secuencia de tareas independientes realizadas en aplicaciones separadas.

Los datos sugieren que todavía estamos en una etapa muy temprana de esta transformación. El Work Trend Index 2026 de Microsoft reveló que 66% de los usuarios de IA encuestados afirma que esta les ha permitido dedicar más tiempo a trabajo de alto valor, mientras que 58% dice que les permite producir trabajo que hace un año no habrían podido realizar. Al mismo tiempo, la investigación más reciente de McKinsey sobre el estado de la IA encontró que 88% de los encuestados afirma que sus organizaciones usan IA con regularidad en al menos un área del negocio; sin embargo, la mayoría de las organizaciones sigue experimentando o haciendo pruebas piloto en lugar de escalar estas tecnologías en toda la empresa. Esa brecha es fascinante.

La tecnología avanza a una velocidad increíble, pero nuestra forma de trabajar aún no se pone al día. En la práctica, estamos metiendo maquinaria de última generación en una fábrica antigua.

No creo que la oportunidad consista simplemente en usar la IA para hacer más rápido nuestro trabajo actual. La oportunidad mucho mayor es replantear en qué consiste realmente el trabajo, cómo trabajamos, cómo creamos e incluso cómo debería ser el propio espacio de trabajo.

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De una idea a un negocio

Imagina a un emprendedor que tiene una idea para un producto nuevo. Tradicionalmente, tendría que redactar un plan de negocios, buscar a un diseñador, darle instrucciones a un desarrollador de producto, encargar prototipos, contactar a fabricantes, crear un sitio web, contratar una agencia de marketing y luego gastar dinero para intentar que el producto llegara a los clientes.

Hoy, ese mismo emprendedor puede empezar a contar la historia de ese producto de inmediato. Puede crear conceptos visuales, explorar distintos diseños, desarrollar un prototipo, generar material de marketing, construir una comunidad alrededor de la idea y aprovechar el extraordinario poder de distribución de las redes sociales para averiguar si de verdad la gente lo quiere.

Eso no significa que toda idea vaya a convertirse en un negocio exitoso. Significa que podemos experimentar con muchas más ideas, y mucho más rápido. Ahí es donde, en mi opinión, está la verdadera emoción.

Vamos hacia un mundo en el que la narrativa, la innovación, el desarrollo de producto y el marketing ya no son necesariamente disciplinas separadas, sino que pueden formar parte de un mismo proceso creativo continuo.

Esto me entusiasma especialmente porque nos devuelve al punto de partida: el cine y la televisión.

Durante décadas, los cineastas hemos creado visiones del futuro. Hemos imaginado autos voladores, computadoras inteligentes, interfaces holográficas, robots, mundos virtuales y máquinas capaces de interactuar con los humanos de maneras que alguna vez parecieron del todo imposibles. Construimos esas cosas como objetos ficticios porque la tecnología aún no permitía hacerlas realidad.

Ahora el creador cuenta con herramientas cada vez más poderosas para pasar de la versión ficticia a la versión experimental. Es un mundo muy distinto, y uno que deberíamos recibir con los brazos abiertos.

Es comprensible que la IA genere mucho temor. Hay preguntas serias sobre el empleo, la desinformación, la privacidad, la propiedad intelectual y la forma en que estas tecnologías afectarán a la sociedad. Sin duda debemos tener esas conversaciones.

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Pero conviene recordar que la evolución tecnológica siempre ha creado nuevas posibilidades junto con la disrupción que provoca. Internet no se limitó a destruir modelos de negocio antiguos: creó industrias completamente nuevas. Los smartphones no solo reemplazaron a otros dispositivos: dieron origen a un ecosistema que nadie pudo prever del todo. Las redes sociales no se limitaron a cambiar la publicidad: crearon categorías enteramente nuevas de creadores y emprendedores.

La IA tiene el potencial de hacer algo similar, quizá incluso a un nivel más fundamental, porque cada vez forma parte del propio proceso creativo.

Lo extraordinario es que no tenemos que quedarnos esperando a que llegue el futuro: podemos participar en su creación.

Podemos ser los escritores que imaginan la tecnología, los cineastas que la visualizan, los emprendedores que la desarrollan, los diseñadores que hacen prototipos y los creadores que se la cuentan al mundo.

Podemos usar la IA para construir cosas que antes existían solo en nuestra cabeza y, después, aprovechar ese mismo ecosistema para ponerlas frente al mundo. Por eso estamos entrando en un paraíso para los creadores.

No porque la IA vaya a hacerlo todo por nosotros, sino porque está dando a la gente común acceso a una gama extraordinaria de capacidades creativas y empresariales. La persona que tiene la idea ya no necesita, necesariamente, esperar a que alguien más le dé permiso, le facilite los recursos o construya la primera versión.

Las herramientas están cada vez más en nuestras manos; la pregunta ahora es si nuestra forma de pensar está lista para alcanzarlas.

Tenemos que dejar de pensar en el lugar de trabajo como un escritorio, una computadora y un conjunto de aplicaciones de software, y empezar a verlo como un entorno creativo que puede existir en múltiples dimensiones.

Necesitamos empezar a diseñar nuestros flujos de trabajo en función de lo que hoy la tecnología hace posible, en lugar de forzar la nueva tecnología dentro de flujos de trabajo diseñados hace décadas. Y, sobre todo, necesitamos mantener la curiosidad. Si la historia del cine y la tecnología nos ha enseñado algo, es que la idea imposible de hoy puede convertirse en la realidad cotidiana de mañana. La diferencia es que ahora no tenemos por qué esperar décadas a que alguien más la construya.

Conclusiones Clave

  • La IA está ayudando a los creadores a convertir sus ideas en prototipos y negocios sin esperar a que alguien más los desarrolle.
  • La mayor oportunidad no es trabajar más rápido, sino replantear cómo creamos y cómo deberían ser nuestros espacios de trabajo.
  • A medida que la narrativa, el desarrollo de producto y el marketing convergen, los emprendedores pueden probar más ideas con menos recursos.

Hace unos años escribí un artículo en el que exploraba algo que siempre me ha fascinado: cómo guionistas, cineastas y productores han imaginado, una y otra vez, tecnologías décadas antes de que existieran. De los hologramas y las máquinas inteligentes a las interfaces futuristas y los robots, el entretenimiento ha creado muchas veces el modelo ficticio que luego emprendedores tecnológicos, científicos e ingenieros convirtieron en realidad.

En aquel momento, lo analizaba desde la perspectiva del cineasta y el innovador tecnológico, y de lo estrechamente conectados que siempre han estado esos dos mundos. Lo que hoy me entusiasma todavía más es que esa relación está cambiando. Estamos entrando en una etapa en la que el creador no tiene que esperar necesariamente a que alguien más construya la tecnología que imaginó. Cada vez es más posible imaginarla, contar la historia que la rodea, visualizarla, convertirla en prototipos, desarrollarla, comercializarla y ponerla frente a una audiencia nosotros mismos. Es un cambio extraordinario.

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Los creadores ya no tienen que esperar a los constructores

Durante generaciones, el cineasta podía imaginar el futuro, pero tenía que simularlo. Fabricábamos utilería, escenografías, efectos visuales y entornos generados por computadora para mostrarle al público cosas que todavía no existían. Creábamos un producto ficticio para una película o una serie de televisión y lo hacíamos lucir lo bastante real para que la audiencia creyera que existía. A veces, esas ideas de ficción terminaban inspirando a alguien a salir a construir la versión real.

Hoy, ese mismo creador puede tomar la idea ficticia y empezar a construir lo real.

Podemos contar la historia, desarrollar el concepto, generar la identidad visual, crear el primer prototipo, iterarlo rápidamente, probarlo con una audiencia y usar las redes sociales para difundir la historia y, con suerte, generar ventas. El creador puede ubicarse en el centro de todo un ecosistema que antes requería varias empresas, departamentos y especialistas. Creo que apenas estamos empezando a comprender lo que eso significa.

Estamos viviendo uno de los periodos más emocionantes de la historia para cualquiera que se considere creador, emprendedor, inventor, cineasta, diseñador o simplemente alguien con una idea que quiere hacer realidad. Las herramientas son cada vez más accesibles, el costo de experimentar está bajando y la capacidad de llegar a una audiencia global nunca había sido tan grande.

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Una nueva tecnología necesita un nuevo espacio de trabajo

Sin embargo, algo extraño está pasando. La mayoría seguimos trabajando casi igual que antes de que llegara toda esta tecnología.

Nos sentamos frente a un escritorio, miramos una pantalla, abrimos documentos, hojas de cálculo, presentaciones y ventanas del navegador, y movemos información por un espacio de trabajo bidimensional. Hemos incorporado la inteligencia artificial (IA) a ese entorno, pero en muchos casos todavía la usamos de una forma fundamentalmente bidimensional.

Me parece especialmente interesante porque estudié arquitectura en la universidad. Diseñábamos edificios y espacios en tres dimensiones, pero gran parte del proceso creativo ocurría en un restirador en dos dimensiones. Intentábamos representar un mundo tridimensional sobre una hoja plana. Incluso nuestros dibujos en 3D se creaban, en última instancia, sobre una superficie 2D.

Creo que la próxima evolución del trabajo será muy distinta.

Vamos a tener que empezar a pensar de forma mucho más multidimensional, y no solo en horizontal a lo largo de una pantalla. Nuestros entornos de trabajo serán cada vez más visuales, espaciales e interactivos, con modelos tridimensionales, pantallas de datos en el campo visual (heads-up displays), interfaces holográficas, videomapping, realidad aumentada, realidad mixta y otras tecnologías que se integrarán cada vez más a cómo creamos y comunicamos.

Para quien haya visto Minority Report, hay una razón por la que los entornos de trabajo futuristas siempre han resultado tan atractivos. La idea nunca fue tener una pantalla de computadora más grande, sino cambiar la relación entre los seres humanos y la información, de modo que esta pudiera existir a nuestro alrededor en lugar de estar atrapada dentro de un rectángulo sobre un escritorio.

Ahora empezamos a tener la tecnología para hacer posibles algunos elementos de esa visión.

La IA será una parte importante de esa transición porque no es simplemente otro software. Cada vez más, se está convirtiendo en una interfaz entre nuestras ideas y las cosas que queremos crear. Puede trabajar con palabras, imágenes, video, audio, datos, código y combinaciones cada vez más complejas de todos ellos. Cuanto más convergen estas capacidades, menos sentido tiene pensar en nuestro trabajo como una secuencia de tareas independientes realizadas en aplicaciones separadas.

Los datos sugieren que todavía estamos en una etapa muy temprana de esta transformación. El Work Trend Index 2026 de Microsoft reveló que 66% de los usuarios de IA encuestados afirma que esta les ha permitido dedicar más tiempo a trabajo de alto valor, mientras que 58% dice que les permite producir trabajo que hace un año no habrían podido realizar. Al mismo tiempo, la investigación más reciente de McKinsey sobre el estado de la IA encontró que 88% de los encuestados afirma que sus organizaciones usan IA con regularidad en al menos un área del negocio; sin embargo, la mayoría de las organizaciones sigue experimentando o haciendo pruebas piloto en lugar de escalar estas tecnologías en toda la empresa. Esa brecha es fascinante.

La tecnología avanza a una velocidad increíble, pero nuestra forma de trabajar aún no se pone al día. En la práctica, estamos metiendo maquinaria de última generación en una fábrica antigua.

No creo que la oportunidad consista simplemente en usar la IA para hacer más rápido nuestro trabajo actual. La oportunidad mucho mayor es replantear en qué consiste realmente el trabajo, cómo trabajamos, cómo creamos e incluso cómo debería ser el propio espacio de trabajo.

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De una idea a un negocio

Imagina a un emprendedor que tiene una idea para un producto nuevo. Tradicionalmente, tendría que redactar un plan de negocios, buscar a un diseñador, darle instrucciones a un desarrollador de producto, encargar prototipos, contactar a fabricantes, crear un sitio web, contratar una agencia de marketing y luego gastar dinero para intentar que el producto llegara a los clientes.

Hoy, ese mismo emprendedor puede empezar a contar la historia de ese producto de inmediato. Puede crear conceptos visuales, explorar distintos diseños, desarrollar un prototipo, generar material de marketing, construir una comunidad alrededor de la idea y aprovechar el extraordinario poder de distribución de las redes sociales para averiguar si de verdad la gente lo quiere.

Eso no significa que toda idea vaya a convertirse en un negocio exitoso. Significa que podemos experimentar con muchas más ideas, y mucho más rápido. Ahí es donde, en mi opinión, está la verdadera emoción.

Vamos hacia un mundo en el que la narrativa, la innovación, el desarrollo de producto y el marketing ya no son necesariamente disciplinas separadas, sino que pueden formar parte de un mismo proceso creativo continuo.

Esto me entusiasma especialmente porque nos devuelve al punto de partida: el cine y la televisión.

Durante décadas, los cineastas hemos creado visiones del futuro. Hemos imaginado autos voladores, computadoras inteligentes, interfaces holográficas, robots, mundos virtuales y máquinas capaces de interactuar con los humanos de maneras que alguna vez parecieron del todo imposibles. Construimos esas cosas como objetos ficticios porque la tecnología aún no permitía hacerlas realidad.

Ahora el creador cuenta con herramientas cada vez más poderosas para pasar de la versión ficticia a la versión experimental. Es un mundo muy distinto, y uno que deberíamos recibir con los brazos abiertos.

Es comprensible que la IA genere mucho temor. Hay preguntas serias sobre el empleo, la desinformación, la privacidad, la propiedad intelectual y la forma en que estas tecnologías afectarán a la sociedad. Sin duda debemos tener esas conversaciones.

Relacionado: El poder de elegirte a ti mismo: liberando tu potencial en la era digital

Pero conviene recordar que la evolución tecnológica siempre ha creado nuevas posibilidades junto con la disrupción que provoca. Internet no se limitó a destruir modelos de negocio antiguos: creó industrias completamente nuevas. Los smartphones no solo reemplazaron a otros dispositivos: dieron origen a un ecosistema que nadie pudo prever del todo. Las redes sociales no se limitaron a cambiar la publicidad: crearon categorías enteramente nuevas de creadores y emprendedores.

La IA tiene el potencial de hacer algo similar, quizá incluso a un nivel más fundamental, porque cada vez forma parte del propio proceso creativo.

Lo extraordinario es que no tenemos que quedarnos esperando a que llegue el futuro: podemos participar en su creación.

Podemos ser los escritores que imaginan la tecnología, los cineastas que la visualizan, los emprendedores que la desarrollan, los diseñadores que hacen prototipos y los creadores que se la cuentan al mundo.

Podemos usar la IA para construir cosas que antes existían solo en nuestra cabeza y, después, aprovechar ese mismo ecosistema para ponerlas frente al mundo. Por eso estamos entrando en un paraíso para los creadores.

No porque la IA vaya a hacerlo todo por nosotros, sino porque está dando a la gente común acceso a una gama extraordinaria de capacidades creativas y empresariales. La persona que tiene la idea ya no necesita, necesariamente, esperar a que alguien más le dé permiso, le facilite los recursos o construya la primera versión.

Las herramientas están cada vez más en nuestras manos; la pregunta ahora es si nuestra forma de pensar está lista para alcanzarlas.

Tenemos que dejar de pensar en el lugar de trabajo como un escritorio, una computadora y un conjunto de aplicaciones de software, y empezar a verlo como un entorno creativo que puede existir en múltiples dimensiones.

Necesitamos empezar a diseñar nuestros flujos de trabajo en función de lo que hoy la tecnología hace posible, en lugar de forzar la nueva tecnología dentro de flujos de trabajo diseñados hace décadas. Y, sobre todo, necesitamos mantener la curiosidad. Si la historia del cine y la tecnología nos ha enseñado algo, es que la idea imposible de hoy puede convertirse en la realidad cotidiana de mañana. La diferencia es que ahora no tenemos por qué esperar décadas a que alguien más la construya.

Jonny Caplan • CEO of Tech Talk Media & Impossible Media

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CEO @ Tech Talk Media & Impossible Media | Creative Entrepreneur of the Year 2022... Read more

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