Infraestructura crítica en la era digital: el nuevo campo de batalla geopolítico y económico
El fallido proyecto de fibra óptica mediante un cable submarino entre Valparaíso y Hong Kong terminó exponiendo la fragilidad institucional de la región frente a la disputa global por el control de los activos que sostienen la economía digital.
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.
Conclusiones Clave
- El caso del cable Valparaíso-Hong Kong muestra que hoy la competitividad de un país ya no depende de carreteras o puertos, sino de su acceso a cables submarinos, centros de datos y energía.
- Más allá de quién desarrolla la infraestructura digital, el verdadero riesgo está en si existe presupuesto y capacidad institucional para operarla y protegerla durante décadas.
Si bien antes la competitividad estaba impulsada por la calidad de las carreteras, la capacidad portuaria o la densidad de vías férreas de un país, ahora la infraestructura de mayor importancia es dominada por las telecomunicaciones. Hoy, un país tiene la capacidad de competir según su acceso a cables submarinos, centros de datos, redes de telecomunicaciones y su capacidad energética necesaria para que todo eso funcione.
Ahora esa infraestructura para el mundo digital es el nuevo foco y, como toda infraestructura estratégica, atrae el interés de las grandes potencias. Eso ha quedado ilustrado de la mejor manera con el polémico cable submarino Chile-China Express (CCE) de casi 20,000 kilómetros liderado por el consorcio estatal chino China Mobile International.
El proyecto sería la primera ruta directa entre Sudamérica y Asia y podría reducir drásticamente la latencia y multiplicar la capacidad de transmisión de datos entre ambos continentes. Sin embargo, a la fecha se mantiene bajo revisión y son pocas las posibilidades de que avance debido a la presión de Estados Unidos.
En un mundo donde más del 95% del tráfico global de datos viaja por cables submarinos, la construcción de una nueva autopista de la información es de gran importancia. Pero hoy, más que nunca, la disputa se centra en quién la construye, opera o tiene acceso a ella, pues adquiere una posición de poder difícil de revertir.
Por eso, en febrero de este año el Departamento de Estado de Estados Unidos revocó las visas del entonces ministro de Transportes y Telecomunicaciones chileno, Juan Carlos Muñoz, y de otros dos funcionarios, acusándolos de comprometer infraestructura crítica de telecomunicaciones y de poner en riesgo la seguridad de la región.
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Por qué los activos físicos ya son asunto de Estado en la era digital
Lo que ocurrió con el cable CCE marca un precedente en la región. La gestión de activos físicos ha dejado de ser un asunto puramente operativo para convertirse en un tema estratégico de primer orden a nivel político.
“Garantizar la operatividad de los activos se ha evidenciado como uno de los pilares de continuidad de cualquier compañía y de cualquier estado”, explica Ricardo Román Santurio, Chief Sales Officer en Fracttal. “Esa es precisamente la razón por la que vemos un incremento sostenido en el cuidado y la profesionalización del mantenimiento y la gestión de activos: las organizaciones han entendido que su capacidad de operar depende directamente de la salud de su infraestructura física”.
Las cifras respaldan la magnitud del fenómeno. La ONU, a través de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), estima que solo para lograr conectividad universal y efectiva a Internet de aquí a 2030 se requieren entre $2.6 y $2.8 billones de dólares, de los cuales entre $1.5 y $1.7 billones corresponden a infraestructura física de redes y capacidades asociadas. El auge de la inteligencia artificial (IA) no ha hecho más que acelerar esa curva.
Como señala Román Santurio, “la disponibilidad dejó de ser un objetivo de mantenimiento para convertirse en una condición de participación en la economía digital”, especialmente ahora que no son solo personas, sino también agentes de IA, quienes demandan capacidad de procesamiento e infraestructura de forma intensiva y continua.
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Energía y datos: una convergencia que redefine el mapa de inversiones
Uno de los aspectos menos visibles, pero más determinantes de esta transformación es la relación cada vez más estrecha entre infraestructura digital e infraestructura energética. Los centros de datos para la IA consumen electricidad a una escala sin precedentes que está transformando la planificación energética de países enteros.
Esto ya se refleja en las decisiones de inversión institucional. En 2026, los centros de datos y la infraestructura energética desplazaron a las oficinas comerciales como los activos core preferidos por los grandes fondos e inversionistas inmobiliarios, un giro que hace apenas una década habría parecido improbable.
Pero el capital inicial no es suficiente. Román Santurio advierte sobre un riesgo recurrente: “Los activos necesitan mantenimiento, necesitan ser operados y eventualmente reemplazados. Por más alta que haya sido la inversión inicial, si no incluye el presupuesto para la operación y el mantenimiento a lo largo de los años, ese activo terminará convertido en un elefante blanco”.
Esa lógica también se refleja en otros segmentos de infraestructura crítica. Como señala Matías Cottone, cofundador y COO de Sensify, “cuando los datos se convierten en inteligencia, el frío deja de ser un centro de costos y empieza a convertirse en una palanca comercial”. En otras palabras, el verdadero valor de la infraestructura digital no reside únicamente en desplegar activos físicos, sino en convertir los datos que generan en inteligencia operativa capaz de optimizar decisiones, reducir costos y mejorar el desempeño de esos activos durante toda su vida útil.
Es una advertencia directamente aplicable a cualquier país que negocie infraestructura crítica sin pensar en su sostenibilidad a largo plazo.
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¿Son los cables submarinos una amenaza para la ciberseguridad?
El componente de seguridad digital también entra en juego en este tipo de escenarios. Juan Carlos Lara, codirector de Derechos Digitales chileno, señaló en CNN que los cables submarinos tienen puntos de vulnerabilidad concretos, tanto en alta mar como en las estaciones de amarre terrestres, donde pueden ser intervenidos.
El cifrado de las comunicaciones limita lo que un actor hostil puede leer directamente, pero no elimina el riesgo por completo. Como explica Lara, quienes logran acceso a los puntos de intercepción, aun sin poder descifrar el contenido de las comunicaciones, pueden de todas formas acumular enormes volúmenes de metadatos: quién se comunica con quién, con qué frecuencia y desde dónde. Esa información, agregada a escala, tiene un valor de inteligencia considerable por sí sola.
Desde la óptica de la gestión de activos, Román Santurio añade una capa adicional al problema, señalando que los ciberataques no solo comprometen datos, sino que también pueden alterar el comportamiento físico de los equipos. “Si un activo cambia repentinamente su forma de operar o ejecuta actividades no planificadas, podemos estar frente a la evidencia de un ataque en curso”, explica.
La respuesta, sostiene, pasa por la trazabilidad mediante acciones como monitorear en tiempo real mediante sensores IoT el comportamiento normal de cada activo, de modo que cualquier desviación funcione como una alerta temprana.
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Un panorama para evaluar en América Latina
El proyecto que toca a Chile está directamente ligado al contexto regional. América Latina ocupa hoy una posición incómoda entre dos potencias con intereses contrapuestos. Estados Unidos, que trata a la región como una zona de influencia directa sobre la que ejerce vigilancia estrecha, y China, que la ve como un socio comercial estratégico de creciente relevancia.
Recientemente LinkMax, nuevo operador de telecomunicaciones colombiano advirtió que buena parte de la infraestructura submarina que conecta a Colombia con el resto del mundo se acerca, o ya superó, el límite de vida útil para el que fue diseñada, lo que podría llevar a nuevas alianzas para el desarrollo de infraestructura moderna.
Según la compañía, sistemas como ARCOS-1, MAYA-1 y SAM-1, en servicio desde 2000 y 2001, cumplen hoy alrededor de 25 años de operación continua, y la mayoría de los cables activos en el país supera ya los 15 años. “Buena parte de los cables que hoy sostienen la conectividad internacional de Colombia fueron concebidos en una era en que el streaming no existía, la nube era ciencia ficción y la inteligencia artificial no estaba en los planes de ninguna empresa”, explicó Alex Javier Blanco Riveira, CEO de LinkMax.
Considerar ese escenario sin perder autonomía ni quedar excluido de las inversiones necesarias exige algo que hoy hace falta en una buena parte de la región. Pocos países cuentan con una estrategia de largo plazo que combine criterios técnicos, geopolíticos y de gestión operativa, en lugar de decisiones reactivas tomadas bajo presión diplomática.
Los países latinoamericanos necesitan marcos legales capaces de evaluar inversiones en infraestructura crítica bajo criterios explícitos de seguridad nacional, algo que Chile, según admitió su entonces canciller, todavía no tiene resuelto.
Además, la gestión de estos activos en la región debe pensarse de forma integral, “desde esa primera necesidad que origina el activo hasta el fin de su vida útil”, en palabras de Román Santurio. No basta con decidir quién construye un cable o un centro de datos; hay que garantizar que exista presupuesto y capacidad institucional para operarlo, mantenerlo y protegerlo durante décadas.
Hasta ahora, el cable Chile-China Express parece convertirse en un proyecto de telecomunicaciones frustrado, pero sin duda deja una advertencia temprana sobre las reglas del juego en la economía digital de la actualidad. Román Santurio concluye que “garantizar que existan recursos para toda la operativa, durante toda la vida útil del activo, es donde realmente deberíamos enfocarnos como región”.
Conclusiones Clave
- El caso del cable Valparaíso-Hong Kong muestra que hoy la competitividad de un país ya no depende de carreteras o puertos, sino de su acceso a cables submarinos, centros de datos y energía.
- Más allá de quién desarrolla la infraestructura digital, el verdadero riesgo está en si existe presupuesto y capacidad institucional para operarla y protegerla durante décadas.
Si bien antes la competitividad estaba impulsada por la calidad de las carreteras, la capacidad portuaria o la densidad de vías férreas de un país, ahora la infraestructura de mayor importancia es dominada por las telecomunicaciones. Hoy, un país tiene la capacidad de competir según su acceso a cables submarinos, centros de datos, redes de telecomunicaciones y su capacidad energética necesaria para que todo eso funcione.
Ahora esa infraestructura para el mundo digital es el nuevo foco y, como toda infraestructura estratégica, atrae el interés de las grandes potencias. Eso ha quedado ilustrado de la mejor manera con el polémico cable submarino Chile-China Express (CCE) de casi 20,000 kilómetros liderado por el consorcio estatal chino China Mobile International.
El proyecto sería la primera ruta directa entre Sudamérica y Asia y podría reducir drásticamente la latencia y multiplicar la capacidad de transmisión de datos entre ambos continentes. Sin embargo, a la fecha se mantiene bajo revisión y son pocas las posibilidades de que avance debido a la presión de Estados Unidos.
En un mundo donde más del 95% del tráfico global de datos viaja por cables submarinos, la construcción de una nueva autopista de la información es de gran importancia. Pero hoy, más que nunca, la disputa se centra en quién la construye, opera o tiene acceso a ella, pues adquiere una posición de poder difícil de revertir.
Por eso, en febrero de este año el Departamento de Estado de Estados Unidos revocó las visas del entonces ministro de Transportes y Telecomunicaciones chileno, Juan Carlos Muñoz, y de otros dos funcionarios, acusándolos de comprometer infraestructura crítica de telecomunicaciones y de poner en riesgo la seguridad de la región.
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Por qué los activos físicos ya son asunto de Estado en la era digital
Lo que ocurrió con el cable CCE marca un precedente en la región. La gestión de activos físicos ha dejado de ser un asunto puramente operativo para convertirse en un tema estratégico de primer orden a nivel político.
“Garantizar la operatividad de los activos se ha evidenciado como uno de los pilares de continuidad de cualquier compañía y de cualquier estado”, explica Ricardo Román Santurio, Chief Sales Officer en Fracttal. “Esa es precisamente la razón por la que vemos un incremento sostenido en el cuidado y la profesionalización del mantenimiento y la gestión de activos: las organizaciones han entendido que su capacidad de operar depende directamente de la salud de su infraestructura física”.
Las cifras respaldan la magnitud del fenómeno. La ONU, a través de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), estima que solo para lograr conectividad universal y efectiva a Internet de aquí a 2030 se requieren entre $2.6 y $2.8 billones de dólares, de los cuales entre $1.5 y $1.7 billones corresponden a infraestructura física de redes y capacidades asociadas. El auge de la inteligencia artificial (IA) no ha hecho más que acelerar esa curva.
Como señala Román Santurio, “la disponibilidad dejó de ser un objetivo de mantenimiento para convertirse en una condición de participación en la economía digital”, especialmente ahora que no son solo personas, sino también agentes de IA, quienes demandan capacidad de procesamiento e infraestructura de forma intensiva y continua.
Relacionado: La importancia de la gobernanza de la IA en América Latina como base para innovar con confianza
Energía y datos: una convergencia que redefine el mapa de inversiones
Uno de los aspectos menos visibles, pero más determinantes de esta transformación es la relación cada vez más estrecha entre infraestructura digital e infraestructura energética. Los centros de datos para la IA consumen electricidad a una escala sin precedentes que está transformando la planificación energética de países enteros.
Esto ya se refleja en las decisiones de inversión institucional. En 2026, los centros de datos y la infraestructura energética desplazaron a las oficinas comerciales como los activos core preferidos por los grandes fondos e inversionistas inmobiliarios, un giro que hace apenas una década habría parecido improbable.
Pero el capital inicial no es suficiente. Román Santurio advierte sobre un riesgo recurrente: “Los activos necesitan mantenimiento, necesitan ser operados y eventualmente reemplazados. Por más alta que haya sido la inversión inicial, si no incluye el presupuesto para la operación y el mantenimiento a lo largo de los años, ese activo terminará convertido en un elefante blanco”.
Esa lógica también se refleja en otros segmentos de infraestructura crítica. Como señala Matías Cottone, cofundador y COO de Sensify, “cuando los datos se convierten en inteligencia, el frío deja de ser un centro de costos y empieza a convertirse en una palanca comercial”. En otras palabras, el verdadero valor de la infraestructura digital no reside únicamente en desplegar activos físicos, sino en convertir los datos que generan en inteligencia operativa capaz de optimizar decisiones, reducir costos y mejorar el desempeño de esos activos durante toda su vida útil.
Es una advertencia directamente aplicable a cualquier país que negocie infraestructura crítica sin pensar en su sostenibilidad a largo plazo.
Relacionado: Ciberataques en América Latina: el riesgo invisible que las startups aún subestiman
¿Son los cables submarinos una amenaza para la ciberseguridad?
El componente de seguridad digital también entra en juego en este tipo de escenarios. Juan Carlos Lara, codirector de Derechos Digitales chileno, señaló en CNN que los cables submarinos tienen puntos de vulnerabilidad concretos, tanto en alta mar como en las estaciones de amarre terrestres, donde pueden ser intervenidos.
El cifrado de las comunicaciones limita lo que un actor hostil puede leer directamente, pero no elimina el riesgo por completo. Como explica Lara, quienes logran acceso a los puntos de intercepción, aun sin poder descifrar el contenido de las comunicaciones, pueden de todas formas acumular enormes volúmenes de metadatos: quién se comunica con quién, con qué frecuencia y desde dónde. Esa información, agregada a escala, tiene un valor de inteligencia considerable por sí sola.
Desde la óptica de la gestión de activos, Román Santurio añade una capa adicional al problema, señalando que los ciberataques no solo comprometen datos, sino que también pueden alterar el comportamiento físico de los equipos. “Si un activo cambia repentinamente su forma de operar o ejecuta actividades no planificadas, podemos estar frente a la evidencia de un ataque en curso”, explica.
La respuesta, sostiene, pasa por la trazabilidad mediante acciones como monitorear en tiempo real mediante sensores IoT el comportamiento normal de cada activo, de modo que cualquier desviación funcione como una alerta temprana.
Relacionado: El impacto de la IA en la ciberseguridad: ¿oportunidad o riesgo real?
Un panorama para evaluar en América Latina
El proyecto que toca a Chile está directamente ligado al contexto regional. América Latina ocupa hoy una posición incómoda entre dos potencias con intereses contrapuestos. Estados Unidos, que trata a la región como una zona de influencia directa sobre la que ejerce vigilancia estrecha, y China, que la ve como un socio comercial estratégico de creciente relevancia.
Recientemente LinkMax, nuevo operador de telecomunicaciones colombiano advirtió que buena parte de la infraestructura submarina que conecta a Colombia con el resto del mundo se acerca, o ya superó, el límite de vida útil para el que fue diseñada, lo que podría llevar a nuevas alianzas para el desarrollo de infraestructura moderna.
Según la compañía, sistemas como ARCOS-1, MAYA-1 y SAM-1, en servicio desde 2000 y 2001, cumplen hoy alrededor de 25 años de operación continua, y la mayoría de los cables activos en el país supera ya los 15 años. “Buena parte de los cables que hoy sostienen la conectividad internacional de Colombia fueron concebidos en una era en que el streaming no existía, la nube era ciencia ficción y la inteligencia artificial no estaba en los planes de ninguna empresa”, explicó Alex Javier Blanco Riveira, CEO de LinkMax.
Considerar ese escenario sin perder autonomía ni quedar excluido de las inversiones necesarias exige algo que hoy hace falta en una buena parte de la región. Pocos países cuentan con una estrategia de largo plazo que combine criterios técnicos, geopolíticos y de gestión operativa, en lugar de decisiones reactivas tomadas bajo presión diplomática.
Los países latinoamericanos necesitan marcos legales capaces de evaluar inversiones en infraestructura crítica bajo criterios explícitos de seguridad nacional, algo que Chile, según admitió su entonces canciller, todavía no tiene resuelto.
Además, la gestión de estos activos en la región debe pensarse de forma integral, “desde esa primera necesidad que origina el activo hasta el fin de su vida útil”, en palabras de Román Santurio. No basta con decidir quién construye un cable o un centro de datos; hay que garantizar que exista presupuesto y capacidad institucional para operarlo, mantenerlo y protegerlo durante décadas.
Hasta ahora, el cable Chile-China Express parece convertirse en un proyecto de telecomunicaciones frustrado, pero sin duda deja una advertencia temprana sobre las reglas del juego en la economía digital de la actualidad. Román Santurio concluye que “garantizar que existan recursos para toda la operativa, durante toda la vida útil del activo, es donde realmente deberíamos enfocarnos como región”.