No te fijes un propósito de Año Nuevo en 2026: esta es una mejor forma de alcanzar tus metas
Aquí te explicamos por qué no establecer un propósito para 2026 podría, en realidad, ser lo mejor para ti.
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.
Conclusiones Clave
- La fijación tradicional de objetivos suele fallar porque parte del supuesto de que operamos desde un estado interno estable y que contamos con suficiente energía, regulación emocional y capacidad de concentración.
- En lugar de establecer propósitos, conviene enfocarse en fortalecer el sistema interno mediante prácticas orientadas a lograr metas, basadas en la neurociencia y el trabajo con la respiración.
- Cuando el sistema nervioso está regulado, la claridad regresa sin esfuerzo. Las personas reportan energía renovada, mayor enfoque y mayor lucidez cuando su carga interna se ha aligerado.
¿Te fijaste un propósito de Año Nuevo para 2026? ¿No? Está bien — de hecho, podría ser la mejor decisión. Hay una razón por la que la mayoría de los métodos tradicionales para fijar metas fracasan, mientras que otros sistemas para alcanzarlas, basados en la neurociencia y el trabajo con la respiración, sí funcionan.
Cada enero le pedimos un milagro a nuestras mentes agotadas. Declaramos propósitos ambiciosos, prometemos mejores hábitos y nos comprometemos con cambios profundos justo en el momento en que nuestro sistema nervioso está más exhausto. Después de años de incertidumbre, ciclos de trabajo acelerados y una carga cognitiva constante, muchas personas no fracasan por falta de motivación. Fracasan porque intentan construir claridad sobre una base de agotamiento.
Por eso, al inicio del año, propongo a los líderes algo contraintuitivo: no te fijes un propósito de Año Nuevo. Restablece, en cambio, el sistema mental desde el cual se fijan esas metas.
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El problema de la fijación tradicional de objetivos
La fijación tradicional de metas parte de la idea de que operamos desde un estado interno estable, con suficiente energía, regulación emocional y capacidad de concentración. La neurociencia cuenta una historia distinta. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cuerpo permanece atrapado en el modo de supervivencia de “lucha o huida”, gobernado por el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA). El cortisol se mantiene elevado, la atención se estrecha y el pensamiento a largo plazo se apaga. La toma de decisiones deja de ser estratégica y se vuelve reactiva.
En ese estado fisiológico, las metas no inspiran; te frenan. Por eso tantas personas repiten el mismo ciclo cada enero. Al inicio la motivación es alta, impulsada por el miedo y las hormonas del estrés, pero rápidamente da paso al agobio. Quedarse atrás empieza a sentirse como algo personal. Los proyectos se estancan, la confianza se erosiona y, con el tiempo, llega la desconexión. Esto no es un problema de disciplina. Es un problema biológico. No puedes “pensar” para salir de un sistema nervioso desregulado.
El burnout en sí mismo suele malinterpretarse. Resulta que no se trata solo de la carga de trabajo, sino más bien de la percepción. Cuando las personas sienten que deben cargar con todo en soledad —en el liderazgo, en el trabajo o en la vida—, la carga cognitiva se vuelve insostenible. La mente entra en un bucle de escasez: “No puedo seguir el ritmo. No voy a terminar. Me estoy quedando atrás”. Las tareas se sienten más pesadas, las ideas se bloquean y la gente empieza a abandonar proyectos no por falta de capacidad, sino porque su sistema interno está sobrepasado.
Con el tiempo, esto genera un costo más sutil: puentes quemados, no necesariamente por conflicto, sino por retraimiento. Cuando el estrés domina, las personas se desconectan. Se alejan de los colaboradores, de la creatividad y de la perspectiva.
La solución
La solución no es esforzarse más. Es fortalecer el sistema interno y ampliar el lente desde el cual observamos nuestros desafíos.
Aquí es donde la neurociencia y el trabajo con la respiración se encuentran de manera significativa. Ciertas prácticas de respiración —como la meditación SKY Breath, respaldada científicamente— influyen directamente en el eje HPA al enviar señales de seguridad al sistema nervioso. Con el tiempo, una práctica constante reduce los niveles basales de cortisol, mejora la regulación emocional y restaura el acceso a una atención más amplia y al pensamiento de largo plazo. En la práctica, es como reiniciar el sistema operativo.
Lo más llamativo es que, cuando el sistema nervioso está regulado, la claridad regresa sin esfuerzo. Las personas reportan energía renovada, mayor enfoque y lucidez, no porque sus circunstancias hayan cambiado, sino porque su carga interna se ha aligerado. El mundo no se volvió más fácil; se expandió la capacidad de interactuar con él.
Tendemos a sobrevalorar la intención y a subestimar la atención. Los propósitos de Año Nuevo —o cualquier meta rígida basada en plazos— dependen en gran medida de la fuerza de voluntad, que es finita, sobre todo bajo estrés. Los rituales basados en la atención, en cambio, trabajan a favor del diseño del cerebro. Cuando llevas de forma repetida la conciencia a la respiración y al momento presente, entrenas a la mente para autorregularse. Desde esa estabilidad, las prioridades se ordenan de manera natural y el impulso regresa sin tensión.
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Lo que los líderes deberían saber
Este cambio también tiene implicaciones profundas para el liderazgo. El agotamiento suele alimentarse de la creencia de que liderar implica cargar con todo de manera personal, que cada resultado recae únicamente en ti. En realidad, los líderes más eficaces piensan con claridad, no de forma constante. Construyen sistemas y equipos en lugar de absorber cada problema. Un sistema nervioso regulado permite a los líderes ver dónde es posible colaborar, qué no requiere su intervención y cómo construir capital social en lugar de desgastarlo.
En entornos de incertidumbre, esto se convierte en una ventaja competitiva. Los líderes serenos toman mejores decisiones, conservan energía y crean espacio para que otros contribuyan. No cargan con el peso del mundo entero. Construyen equipos capaces de sostenerlo en conjunto.
Hay también una verdad más silenciosa sobre la creatividad y el progreso que suele pasarse por alto: las ideas no le pertenecen a nadie. Llegan cuando la mente está abierta. El estrés estrecha la percepción; la calma la expande. Cuando las personas dejan de forzar resultados y, en cambio, se enfocan en conectar con su estado interno, la claridad regresa — no como un gran momento revelador, sino como una señal constante y confiable.
Así que, en lugar de preguntarte: “¿Qué debería lograr este año?”, quizá la mejor pregunta sea: “¿En qué estado necesito estar para pensar con claridad?”. En lugar de un propósito, considera un reinicio diario. Unos minutos de respiración. Un momento de quietud. Un ritual que le recuerde a tu sistema nervioso que estás a salvo, acompañado y que no estás solo en el trabajo que tienes por delante. Este año no necesita una nueva versión de ti. Solo necesita que estés más relajado. Y desde ese lugar, todo lo demás se vuelve posible.
Conclusiones Clave
- La fijación tradicional de objetivos suele fallar porque parte del supuesto de que operamos desde un estado interno estable y que contamos con suficiente energía, regulación emocional y capacidad de concentración.
- En lugar de establecer propósitos, conviene enfocarse en fortalecer el sistema interno mediante prácticas orientadas a lograr metas, basadas en la neurociencia y el trabajo con la respiración.
- Cuando el sistema nervioso está regulado, la claridad regresa sin esfuerzo. Las personas reportan energía renovada, mayor enfoque y mayor lucidez cuando su carga interna se ha aligerado.
¿Te fijaste un propósito de Año Nuevo para 2026? ¿No? Está bien — de hecho, podría ser la mejor decisión. Hay una razón por la que la mayoría de los métodos tradicionales para fijar metas fracasan, mientras que otros sistemas para alcanzarlas, basados en la neurociencia y el trabajo con la respiración, sí funcionan.
Cada enero le pedimos un milagro a nuestras mentes agotadas. Declaramos propósitos ambiciosos, prometemos mejores hábitos y nos comprometemos con cambios profundos justo en el momento en que nuestro sistema nervioso está más exhausto. Después de años de incertidumbre, ciclos de trabajo acelerados y una carga cognitiva constante, muchas personas no fracasan por falta de motivación. Fracasan porque intentan construir claridad sobre una base de agotamiento.
Por eso, al inicio del año, propongo a los líderes algo contraintuitivo: no te fijes un propósito de Año Nuevo. Restablece, en cambio, el sistema mental desde el cual se fijan esas metas.
Relacionado: 10 hábitos que transformarán por completo tu vida y tu negocio en 2026
El problema de la fijación tradicional de objetivos
La fijación tradicional de metas parte de la idea de que operamos desde un estado interno estable, con suficiente energía, regulación emocional y capacidad de concentración. La neurociencia cuenta una historia distinta. Cuando el estrés se vuelve crónico, el cuerpo permanece atrapado en el modo de supervivencia de “lucha o huida”, gobernado por el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA). El cortisol se mantiene elevado, la atención se estrecha y el pensamiento a largo plazo se apaga. La toma de decisiones deja de ser estratégica y se vuelve reactiva.
En ese estado fisiológico, las metas no inspiran; te frenan. Por eso tantas personas repiten el mismo ciclo cada enero. Al inicio la motivación es alta, impulsada por el miedo y las hormonas del estrés, pero rápidamente da paso al agobio. Quedarse atrás empieza a sentirse como algo personal. Los proyectos se estancan, la confianza se erosiona y, con el tiempo, llega la desconexión. Esto no es un problema de disciplina. Es un problema biológico. No puedes “pensar” para salir de un sistema nervioso desregulado.
El burnout en sí mismo suele malinterpretarse. Resulta que no se trata solo de la carga de trabajo, sino más bien de la percepción. Cuando las personas sienten que deben cargar con todo en soledad —en el liderazgo, en el trabajo o en la vida—, la carga cognitiva se vuelve insostenible. La mente entra en un bucle de escasez: “No puedo seguir el ritmo. No voy a terminar. Me estoy quedando atrás”. Las tareas se sienten más pesadas, las ideas se bloquean y la gente empieza a abandonar proyectos no por falta de capacidad, sino porque su sistema interno está sobrepasado.
Con el tiempo, esto genera un costo más sutil: puentes quemados, no necesariamente por conflicto, sino por retraimiento. Cuando el estrés domina, las personas se desconectan. Se alejan de los colaboradores, de la creatividad y de la perspectiva.
La solución
La solución no es esforzarse más. Es fortalecer el sistema interno y ampliar el lente desde el cual observamos nuestros desafíos.
Aquí es donde la neurociencia y el trabajo con la respiración se encuentran de manera significativa. Ciertas prácticas de respiración —como la meditación SKY Breath, respaldada científicamente— influyen directamente en el eje HPA al enviar señales de seguridad al sistema nervioso. Con el tiempo, una práctica constante reduce los niveles basales de cortisol, mejora la regulación emocional y restaura el acceso a una atención más amplia y al pensamiento de largo plazo. En la práctica, es como reiniciar el sistema operativo.
Lo más llamativo es que, cuando el sistema nervioso está regulado, la claridad regresa sin esfuerzo. Las personas reportan energía renovada, mayor enfoque y lucidez, no porque sus circunstancias hayan cambiado, sino porque su carga interna se ha aligerado. El mundo no se volvió más fácil; se expandió la capacidad de interactuar con él.
Tendemos a sobrevalorar la intención y a subestimar la atención. Los propósitos de Año Nuevo —o cualquier meta rígida basada en plazos— dependen en gran medida de la fuerza de voluntad, que es finita, sobre todo bajo estrés. Los rituales basados en la atención, en cambio, trabajan a favor del diseño del cerebro. Cuando llevas de forma repetida la conciencia a la respiración y al momento presente, entrenas a la mente para autorregularse. Desde esa estabilidad, las prioridades se ordenan de manera natural y el impulso regresa sin tensión.
Relacionado: El emprendedor consciente: cómo tomar decisiones desde la claridad y no desde el ruido
Lo que los líderes deberían saber
Este cambio también tiene implicaciones profundas para el liderazgo. El agotamiento suele alimentarse de la creencia de que liderar implica cargar con todo de manera personal, que cada resultado recae únicamente en ti. En realidad, los líderes más eficaces piensan con claridad, no de forma constante. Construyen sistemas y equipos en lugar de absorber cada problema. Un sistema nervioso regulado permite a los líderes ver dónde es posible colaborar, qué no requiere su intervención y cómo construir capital social en lugar de desgastarlo.
En entornos de incertidumbre, esto se convierte en una ventaja competitiva. Los líderes serenos toman mejores decisiones, conservan energía y crean espacio para que otros contribuyan. No cargan con el peso del mundo entero. Construyen equipos capaces de sostenerlo en conjunto.
Hay también una verdad más silenciosa sobre la creatividad y el progreso que suele pasarse por alto: las ideas no le pertenecen a nadie. Llegan cuando la mente está abierta. El estrés estrecha la percepción; la calma la expande. Cuando las personas dejan de forzar resultados y, en cambio, se enfocan en conectar con su estado interno, la claridad regresa — no como un gran momento revelador, sino como una señal constante y confiable.
Así que, en lugar de preguntarte: “¿Qué debería lograr este año?”, quizá la mejor pregunta sea: “¿En qué estado necesito estar para pensar con claridad?”. En lugar de un propósito, considera un reinicio diario. Unos minutos de respiración. Un momento de quietud. Un ritual que le recuerde a tu sistema nervioso que estás a salvo, acompañado y que no estás solo en el trabajo que tienes por delante. Este año no necesita una nueva versión de ti. Solo necesita que estés más relajado. Y desde ese lugar, todo lo demás se vuelve posible.