No se necesitan más métodos de pago, sino mejores razones para usarlos
La industria financiera lleva años sumando formas de pagar sin formular la pregunta clave: ¿realmente cambian el hábito del usuario?
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.
Conclusiones Clave
- El reto en Centroamérica y el Caribe es resolver la fricción que todavía complica el manejo del dinero.
Durante años, en la industria financiera hemos hablado de innovación en pagos casi como si se tratara de una carrera por sumar posibilidades. Una nueva billetera, otro QR, una transferencia más rápida, una experiencia invisible, una alternativa de financiamiento en el checkout. Y, sin embargo, después de tantos avances, vale la pena hacer una pregunta mucho menos tecnológica y bastante más incómoda: ¿cuántas de esas innovaciones están cambiando realmente la manera en que una persona paga y cuántas simplemente están agregando otra opción de producto igual a las demás sin propuesta de valor diferenciada?
La pregunta cobra especial relevancia cuando miramos hacia Centroamérica y el Caribe, dos regiones que muchas veces observamos desde la industria financiera como mercados por desarrollar, cuando quizá deberíamos empezar a verlas como mercados desde los cuales aprender. Ahí conviven efectivo, tarjetas, transferencias electrónicas, billeteras, remesas y nuevas alternativas de financiamiento, pero también economías con altos niveles de informalidad, pequeños comercios, turismo y movimientos de dinero entre países que hacen que pagar no sea únicamente el último paso de una compra, sino parte de una dinámica económica mucho más compleja.
Los hábitos, además, están cambiando. De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, entre 2021 y 2024 el porcentaje de consumidores de América Latina y el Caribe que utilizó billeteras digitales para realizar compras pasó de 7% a 18%; para recibir salarios, el crecimiento fue de 2% a 10%. El mismo análisis muestra algo todavía más interesante: la adopción no ocurre de manera uniforme, los consumidores urbanos, jóvenes y con mayores niveles socioeconómicos avanzan más rápido, mientras que las empresas grandes, exportadoras y ubicadas en las capitales también presentan una mayor transición hacia los pagos digitales. Ahí aparece una de las primeras alertas para la industria: digitalizar pagos no significa necesariamente democratizarlos.
Porque una cosa es tener disponible una tecnología y otra muy distinta conseguir que se convierta en hábito. Quienes llevamos años desarrollando productos financieros sabemos que esa distancia puede ser enorme. Un producto puede ser técnicamente impecable, estar respaldado por una gran infraestructura y resolver perfectamente algo que el cliente nunca consideró un problema. En pagos ocurre lo mismo. La adopción no comienza cuando lanzamos una nueva funcionalidad, comienza cuando alguien descubre que esa funcionalidad le permite hacer algo de manera más sencilla que ayer.
Por eso resulta interesante observar el crecimiento de las transferencias inmediatas. El Bank for International Settlements señala que la mayoría de los países de América Latina y el Caribe está implementando sistemas de pagos rápidos y encuentra una asociación entre estos sistemas y un mayor acceso a ahorro y crédito formal. Pero el propio BIS identifica los obstáculos que todavía condicionan su desarrollo: interoperabilidad, costos para participantes y usuarios, acceso universal, ciberseguridad y fraude. La velocidad, por sí misma, no construye un ecosistema; hace falta que alrededor de ella exista confianza.
Costa Rica ofrece un caso particularmente interesante. SINPE Móvil demuestra cómo una infraestructura de pagos rápidos puede empezar a formar parte de la cotidianidad y no únicamente de la conversación tecnológica. El BIS incluye precisamente la experiencia costarricense entre los casos relevantes de América Latina y señala que más de 100 jurisdicciones en el mundo ya han implementado sistemas de pagos rápidos, entre ellas 15 de América Latina. La lección no está solamente en que una transferencia pueda ocurrir en segundos; está en lo que sucede cuando esa facilidad comienza a modificar la expectativa del usuario. Una vez que alguien descubre que mover dinero puede ser inmediato, explicar por qué otra operación necesita horas o días se vuelve cada vez más difícil.
Relacionado: Así avanza el futuro de los medios de pago en América Latina
Guatemala muestra otra cara de esta evolución. En 2025, el país recibió más de $25,000 millones de dólares en remesas familiares, de acuerdo con el Banco de Guatemala, un flujo que dimensiona el potencial de conectar transferencias con una oferta más amplia de servicios financieros. La oportunidad no está únicamente en hacer que el dinero llegue más rápido, sino en lo que ocurre después: cómo esos recursos pueden integrarse de manera sencilla a pagos, ahorro, crédito y consumo digital.
Y ahí es donde el cambio de hábitos empieza a tocar directamente al modelo de negocio. La discusión sobre Buy Now, Pay Later, por ejemplo, resulta mucho más interesante cuando dejamos de verla únicamente como una modalidad adicional de financiamiento. Su verdadero potencial en algunos mercados de Centroamérica y el Caribe puede estar en algo más elemental: permitir que una persona compre sin tener que recorrer exactamente el mismo camino financiero que durante décadas definimos como la puerta de entrada al crédito.
Eso abre mercado, pero también abre preguntas. Porque facilitar el acceso sin comprender capacidad de pago puede trasladar la fricción de hoy hacia un problema mañana. Para bancos, fintech, comercios y proveedores de infraestructura, el reto no consiste simplemente en colocar BNPL dentro del checkout, sino en construir modelos donde datos, riesgo, experiencia y financiamiento funcionen como una misma conversación. Un botón adicional puede aumentar la conversión; un producto bien diseñado puede construir una relación financiera.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Algo parecido sucede con las remesas, quizá uno de los terrenos donde Centroamérica permite ver con mayor claridad la distancia entre infraestructura y comportamiento. El Fondo Monetario Internacional ha señalado que las remesas digitales tienen potencial para reducir costos y ampliar la inclusión financiera en la región, aunque su adopción enfrenta obstáculos que van desde la inercia en los hábitos hasta la alfabetización financiera y las diferencias todavía limitadas en costos frente a algunos canales tradicionales. Dicho de otra manera: que algo pueda hacerse digitalmente no significa que mañana las personas dejarán de hacerlo como lo han hecho durante años. Esta quizá sea una de las lecciones más relevantes para quienes diseñamos estrategias de pagos: los hábitos financieros no cambian al ritmo de nuestros roadmaps.
Podemos construir una transferencia en segundos, incorporar una billetera, desarrollar una experiencia contactless o integrar una nueva alternativa de financiamiento, pero del otro lado sigue existiendo una persona que aprendió durante años a relacionarse con su dinero de determinada manera. Cambiar ese comportamiento exige algo más que tecnología. Exige confianza, utilidad y, sobre todo, repetición.
Para los pequeños negocios esta discusión es todavía más concreta. Un comercio en Guatemala, Costa Rica, Panamá o República Dominicana no se levanta pensando en interoperabilidad, embedded finance o arquitectura de pagos; se levanta pensando en vender. Si su cliente quiere pagar con tarjeta, necesita cobrarle. Si recibe una transferencia, necesita identificarla. Si vende a turistas, necesita aceptar medios de pago que quizá no forman parte de la rutina local. Si ofrece financiamiento, necesita saber que esa venta no terminará convirtiéndose en una pérdida. Y al final del día necesita una respuesta extraordinariamente sencilla: cuánto vendió y cuándo tendrá disponible ese dinero.
Por eso me parece que una de las mayores oportunidades de Centroamérica y el Caribe no consiste en replicar exactamente lo que funcionó en mercados más grandes. El propio Banco Interamericano de Desarrollo advierte que no existe un modelo único para desarrollar los pagos digitales en América Latina y el Caribe y coloca entre los factores determinantes la interoperabilidad, la coordinación entre participantes, las barreras de entrada, la confianza y los incentivos. La región no necesita una copia más pequeña de otro ecosistema; necesita soluciones construidas alrededor de sus propios movimientos de dinero.
Incluso los pagos transfronterizos siguen mostrando cuánto espacio queda por resolver. El FMI identifica sus ineficiencias como una barrera para el comercio dentro de América Latina y el Caribe y señala que las nuevas tecnologías pueden contribuir a reducir costos y tiempos, aunque ninguna infraestructura tecnológica sustituye las condiciones regulatorias y macroeconómicas necesarias para que el sistema funcione. Para una región donde turismo, comercio y remesas atraviesan fronteras constantemente, hacer que el dinero viaje mejor puede terminar siendo mucho más transformador que inventar otra manera de pagarlo.
Relacionado: La decisión más difícil en innovación no es invertir, es saber cuándo detenerse
Tal vez ahí está la conversación que deberíamos estar teniendo quienes participamos en esta industria. Durante mucho tiempo pensamos el futuro de los pagos imaginando qué vendría después de la tarjeta, después del efectivo o después de la transferencia. Quizá la pregunta estaba mal planteada. Porque probablemente ninguno desaparezca por completo y, al menos por ahora, tampoco necesitamos que lo haga. Lo que necesitamos es que cada vez importe menos cuál de ellos está detrás de una compra.
- Que una persona pueda pagar.
- Que un negocio pueda cobrar.
- Que el dinero llegue.
Y que para lograrlo ninguno tenga que entender toda la complejidad que nosotros construimos detrás.
Después de tantos años hablando de pagos invisibles, quizá la verdadera innovación no sea hacer invisible el acto de pagar, sino toda la fricción que todavía lo rodea. Porque cuando un pequeño negocio deja de preguntarse si podrá cobrarle a su próximo cliente y empieza simplemente a pensar en cómo venderle, la tecnología finalmente deja de presumir lo que puede hacer. Y empieza a hacer aquello para lo que siempre debió existir.
Conclusiones Clave
- El reto en Centroamérica y el Caribe es resolver la fricción que todavía complica el manejo del dinero.
Durante años, en la industria financiera hemos hablado de innovación en pagos casi como si se tratara de una carrera por sumar posibilidades. Una nueva billetera, otro QR, una transferencia más rápida, una experiencia invisible, una alternativa de financiamiento en el checkout. Y, sin embargo, después de tantos avances, vale la pena hacer una pregunta mucho menos tecnológica y bastante más incómoda: ¿cuántas de esas innovaciones están cambiando realmente la manera en que una persona paga y cuántas simplemente están agregando otra opción de producto igual a las demás sin propuesta de valor diferenciada?
La pregunta cobra especial relevancia cuando miramos hacia Centroamérica y el Caribe, dos regiones que muchas veces observamos desde la industria financiera como mercados por desarrollar, cuando quizá deberíamos empezar a verlas como mercados desde los cuales aprender. Ahí conviven efectivo, tarjetas, transferencias electrónicas, billeteras, remesas y nuevas alternativas de financiamiento, pero también economías con altos niveles de informalidad, pequeños comercios, turismo y movimientos de dinero entre países que hacen que pagar no sea únicamente el último paso de una compra, sino parte de una dinámica económica mucho más compleja.
Los hábitos, además, están cambiando. De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, entre 2021 y 2024 el porcentaje de consumidores de América Latina y el Caribe que utilizó billeteras digitales para realizar compras pasó de 7% a 18%; para recibir salarios, el crecimiento fue de 2% a 10%. El mismo análisis muestra algo todavía más interesante: la adopción no ocurre de manera uniforme, los consumidores urbanos, jóvenes y con mayores niveles socioeconómicos avanzan más rápido, mientras que las empresas grandes, exportadoras y ubicadas en las capitales también presentan una mayor transición hacia los pagos digitales. Ahí aparece una de las primeras alertas para la industria: digitalizar pagos no significa necesariamente democratizarlos.
Porque una cosa es tener disponible una tecnología y otra muy distinta conseguir que se convierta en hábito. Quienes llevamos años desarrollando productos financieros sabemos que esa distancia puede ser enorme. Un producto puede ser técnicamente impecable, estar respaldado por una gran infraestructura y resolver perfectamente algo que el cliente nunca consideró un problema. En pagos ocurre lo mismo. La adopción no comienza cuando lanzamos una nueva funcionalidad, comienza cuando alguien descubre que esa funcionalidad le permite hacer algo de manera más sencilla que ayer.
Por eso resulta interesante observar el crecimiento de las transferencias inmediatas. El Bank for International Settlements señala que la mayoría de los países de América Latina y el Caribe está implementando sistemas de pagos rápidos y encuentra una asociación entre estos sistemas y un mayor acceso a ahorro y crédito formal. Pero el propio BIS identifica los obstáculos que todavía condicionan su desarrollo: interoperabilidad, costos para participantes y usuarios, acceso universal, ciberseguridad y fraude. La velocidad, por sí misma, no construye un ecosistema; hace falta que alrededor de ella exista confianza.
Costa Rica ofrece un caso particularmente interesante. SINPE Móvil demuestra cómo una infraestructura de pagos rápidos puede empezar a formar parte de la cotidianidad y no únicamente de la conversación tecnológica. El BIS incluye precisamente la experiencia costarricense entre los casos relevantes de América Latina y señala que más de 100 jurisdicciones en el mundo ya han implementado sistemas de pagos rápidos, entre ellas 15 de América Latina. La lección no está solamente en que una transferencia pueda ocurrir en segundos; está en lo que sucede cuando esa facilidad comienza a modificar la expectativa del usuario. Una vez que alguien descubre que mover dinero puede ser inmediato, explicar por qué otra operación necesita horas o días se vuelve cada vez más difícil.
Relacionado: Así avanza el futuro de los medios de pago en América Latina
Guatemala muestra otra cara de esta evolución. En 2025, el país recibió más de $25,000 millones de dólares en remesas familiares, de acuerdo con el Banco de Guatemala, un flujo que dimensiona el potencial de conectar transferencias con una oferta más amplia de servicios financieros. La oportunidad no está únicamente en hacer que el dinero llegue más rápido, sino en lo que ocurre después: cómo esos recursos pueden integrarse de manera sencilla a pagos, ahorro, crédito y consumo digital.
Y ahí es donde el cambio de hábitos empieza a tocar directamente al modelo de negocio. La discusión sobre Buy Now, Pay Later, por ejemplo, resulta mucho más interesante cuando dejamos de verla únicamente como una modalidad adicional de financiamiento. Su verdadero potencial en algunos mercados de Centroamérica y el Caribe puede estar en algo más elemental: permitir que una persona compre sin tener que recorrer exactamente el mismo camino financiero que durante décadas definimos como la puerta de entrada al crédito.
Eso abre mercado, pero también abre preguntas. Porque facilitar el acceso sin comprender capacidad de pago puede trasladar la fricción de hoy hacia un problema mañana. Para bancos, fintech, comercios y proveedores de infraestructura, el reto no consiste simplemente en colocar BNPL dentro del checkout, sino en construir modelos donde datos, riesgo, experiencia y financiamiento funcionen como una misma conversación. Un botón adicional puede aumentar la conversión; un producto bien diseñado puede construir una relación financiera.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Algo parecido sucede con las remesas, quizá uno de los terrenos donde Centroamérica permite ver con mayor claridad la distancia entre infraestructura y comportamiento. El Fondo Monetario Internacional ha señalado que las remesas digitales tienen potencial para reducir costos y ampliar la inclusión financiera en la región, aunque su adopción enfrenta obstáculos que van desde la inercia en los hábitos hasta la alfabetización financiera y las diferencias todavía limitadas en costos frente a algunos canales tradicionales. Dicho de otra manera: que algo pueda hacerse digitalmente no significa que mañana las personas dejarán de hacerlo como lo han hecho durante años. Esta quizá sea una de las lecciones más relevantes para quienes diseñamos estrategias de pagos: los hábitos financieros no cambian al ritmo de nuestros roadmaps.
Podemos construir una transferencia en segundos, incorporar una billetera, desarrollar una experiencia contactless o integrar una nueva alternativa de financiamiento, pero del otro lado sigue existiendo una persona que aprendió durante años a relacionarse con su dinero de determinada manera. Cambiar ese comportamiento exige algo más que tecnología. Exige confianza, utilidad y, sobre todo, repetición.
Para los pequeños negocios esta discusión es todavía más concreta. Un comercio en Guatemala, Costa Rica, Panamá o República Dominicana no se levanta pensando en interoperabilidad, embedded finance o arquitectura de pagos; se levanta pensando en vender. Si su cliente quiere pagar con tarjeta, necesita cobrarle. Si recibe una transferencia, necesita identificarla. Si vende a turistas, necesita aceptar medios de pago que quizá no forman parte de la rutina local. Si ofrece financiamiento, necesita saber que esa venta no terminará convirtiéndose en una pérdida. Y al final del día necesita una respuesta extraordinariamente sencilla: cuánto vendió y cuándo tendrá disponible ese dinero.
Por eso me parece que una de las mayores oportunidades de Centroamérica y el Caribe no consiste en replicar exactamente lo que funcionó en mercados más grandes. El propio Banco Interamericano de Desarrollo advierte que no existe un modelo único para desarrollar los pagos digitales en América Latina y el Caribe y coloca entre los factores determinantes la interoperabilidad, la coordinación entre participantes, las barreras de entrada, la confianza y los incentivos. La región no necesita una copia más pequeña de otro ecosistema; necesita soluciones construidas alrededor de sus propios movimientos de dinero.
Incluso los pagos transfronterizos siguen mostrando cuánto espacio queda por resolver. El FMI identifica sus ineficiencias como una barrera para el comercio dentro de América Latina y el Caribe y señala que las nuevas tecnologías pueden contribuir a reducir costos y tiempos, aunque ninguna infraestructura tecnológica sustituye las condiciones regulatorias y macroeconómicas necesarias para que el sistema funcione. Para una región donde turismo, comercio y remesas atraviesan fronteras constantemente, hacer que el dinero viaje mejor puede terminar siendo mucho más transformador que inventar otra manera de pagarlo.
Relacionado: La decisión más difícil en innovación no es invertir, es saber cuándo detenerse
Tal vez ahí está la conversación que deberíamos estar teniendo quienes participamos en esta industria. Durante mucho tiempo pensamos el futuro de los pagos imaginando qué vendría después de la tarjeta, después del efectivo o después de la transferencia. Quizá la pregunta estaba mal planteada. Porque probablemente ninguno desaparezca por completo y, al menos por ahora, tampoco necesitamos que lo haga. Lo que necesitamos es que cada vez importe menos cuál de ellos está detrás de una compra.
- Que una persona pueda pagar.
- Que un negocio pueda cobrar.
- Que el dinero llegue.
Y que para lograrlo ninguno tenga que entender toda la complejidad que nosotros construimos detrás.
Después de tantos años hablando de pagos invisibles, quizá la verdadera innovación no sea hacer invisible el acto de pagar, sino toda la fricción que todavía lo rodea. Porque cuando un pequeño negocio deja de preguntarse si podrá cobrarle a su próximo cliente y empieza simplemente a pensar en cómo venderle, la tecnología finalmente deja de presumir lo que puede hacer. Y empieza a hacer aquello para lo que siempre debió existir.