Inclusión financiera: tener una cuenta no basta para pagar

Tener dinero en una cuenta no garantiza poder pagar si el comercio exige una tarjeta. La inclusión financiera debe medirse por lo que las personas pueden hacer con sus recursos.

Por Simón Pinilla | Oct 19, 2026
PM Images | Getty Images

Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.

Conclusiones Clave

  • Las cuentas y billeteras digitales ya permiten mover dinero en segundos, pero muchas suscripciones siguen atadas a las redes de tarjetas: un paso extra para las personas y comisiones para las empresas.

Hay una paradoja que deberíamos mirar con más atención en América Latina y consiste en que una persona puede tener dinero en una cuenta bancaria y, aun así, necesitar una tarjeta para contratar una suscripción. Tiene los recursos para pagar, pero no necesariamente el instrumento que el comercio acepta.

Esta contradicción importa porque las suscripciones dejaron de ser un servicio de nicho y pasaron a formar parte de la vida cotidiana. Música, entretenimiento, software, educación, movilidad y otras experiencias que antes implicaban compras puntuales hoy funcionan mediante cobros recurrentes, haciendo cada vez más relevante la forma en que las personas pueden autorizar esos pagos.

Sin embargo, buena parte de la infraestructura que sostiene los cobros recurrentes sigue construida alrededor de las redes de tarjetas. Esta dependencia tiene dos consecuencias: para las personas, puede convertirse en una barrera de acceso cuando no cuentan con una tarjeta aceptada por el comercio; para las empresas, significa asumir las comisiones asociadas a estas redes para poder recibir pagos recurrentes.

El mercado ha encontrado distintas formas de reducir esa barrera. Una de ellas son las tarjetas prepago, que han permitido ampliar el acceso a los pagos digitales sin depender de una línea de crédito. En mercados como México, Colombia y Brasil, además, se han convertido en una alternativa para controlar gastos y realizar compras por internet.

Esa utilidad, sin embargo, también permite observar hasta dónde ha evolucionado el mercado. Si una persona necesita conseguir una tarjeta, cargar en ella dinero y usarla para contratar un servicio, el sistema añade un paso que no siempre responde a su necesidad, poder utilizar directamente los recursos con los que ya cuenta.

Durante años, ese modelo tuvo sentido. Las tarjetas ofrecían una forma estandarizada para registrar un instrumento y autorizar cobros recurrentes; eran la tecnología disponible y resolvieron un problema operativo para comercios y consumidores.

América Latina avanzó. Las cuentas y billeteras digitales crecieron, los pagos instantáneos ganaron terreno, de modo que cada vez más personas pueden mover su dinero desde el teléfono.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) reportó en el informe ¿Cómo pueden los pagos digitales impulsar la inclusión financiera en América Latina y el Caribe?, que el uso de billeteras digitales para compras pasó de 7% en 2021 a 18% en 2024.

La infraestructura, por tanto, ya tiene capacidades que antes no existían. Podemos transferir dinero en segundos, pero algunos servicios todavía dependen de un instrumento creado para una etapa anterior de los pagos digitales.

Esto cambia la conversación sobre inclusión financiera. Tener una cuenta y contar con recursos no garantiza que una persona pueda participar plenamente en la economía digital; también importa qué puede hacer con ese dinero y de qué manera puede utilizarlo.

Hemos avanzado en el desarrollo de pagos digitales. Este avance abre una oportunidad para mirar el mercado desde otra perspectiva, no solo cuánto ha crecido el acceso, sino qué posibilidades de uso genera ese acceso en la vida cotidiana.

Relacionado: Cuando la inteligencia artificial decida cómo pagar, ¿qué lugar ocuparán los bancos?

Otra mirada a la inclusión

Para quienes observamos la evolución del ecosistema financiero en la región, esto cambia la forma de medir el progreso. Durante mucho tiempo, abrir una cuenta, emitir una tarjeta o descargar una billetera fueron indicadores de inclusión; son avances importantes, pero no cuentan toda la historia.

Una verdadera inclusión financiera debería preguntarse qué puede hacer una persona con los recursos que tiene: pagar una suscripción, automatizar el pago de un servicio, comprar en internet o autorizar un cobro recurrente sin obligar a incorporar un producto adicional.

Aquí aparece la pregunta pendiente:

¿Hasta qué punto tener más cuentas, tarjetas o billeteras refleja por sí solo una mayor inclusión financiera?

Esto no significa que las tarjetas vayan a desaparecer. Significa que deberían dejar de ser un requisito para acceder a experiencias digitales que una cuenta bancaria ya podría habilitar directamente. Las tarjetas seguirán resolviendo necesidades específicas, desde crédito hasta control de gasto. Pero una economía digital más inclusiva debería permitir que una persona elija pagar directamente desde los recursos que ya tiene, sin obligarla a incorporar un instrumento adicional.

La tecnología ya resolvió buena parte de la dificultad para mover dinero. Ahora el mercado entra en una etapa en la que también importa observar qué tan fácilmente puede utilizarse ese dinero en una economía cada vez más digital.

Ese cambio de enfoque lleva la inclusión financiera a un terreno más exigente, pasar de contar cuántas personas tienen productos financieros a entender cuántas pueden utilizarlos para participar plenamente en la economía digital.

Durante años medimos la inclusión preguntando cuántas personas lograron entrar al sistema financiero. La siguiente etapa exige una pregunta más difícil: ¿qué pueden hacer una vez que están dentro?

Tener una cuenta es un avance. Tener una billetera también. Pero la verdadera inclusión llegará cuando esos instrumentos permitan participar plenamente en la economía digital sin obligar a las personas a adquirir un producto adicional para utilizar los recursos que ya tienen.

Porque tener el dinero debería ser suficiente para poder pagar.

Conclusiones Clave

  • Las cuentas y billeteras digitales ya permiten mover dinero en segundos, pero muchas suscripciones siguen atadas a las redes de tarjetas: un paso extra para las personas y comisiones para las empresas.

Hay una paradoja que deberíamos mirar con más atención en América Latina y consiste en que una persona puede tener dinero en una cuenta bancaria y, aun así, necesitar una tarjeta para contratar una suscripción. Tiene los recursos para pagar, pero no necesariamente el instrumento que el comercio acepta.

Esta contradicción importa porque las suscripciones dejaron de ser un servicio de nicho y pasaron a formar parte de la vida cotidiana. Música, entretenimiento, software, educación, movilidad y otras experiencias que antes implicaban compras puntuales hoy funcionan mediante cobros recurrentes, haciendo cada vez más relevante la forma en que las personas pueden autorizar esos pagos.

Sin embargo, buena parte de la infraestructura que sostiene los cobros recurrentes sigue construida alrededor de las redes de tarjetas. Esta dependencia tiene dos consecuencias: para las personas, puede convertirse en una barrera de acceso cuando no cuentan con una tarjeta aceptada por el comercio; para las empresas, significa asumir las comisiones asociadas a estas redes para poder recibir pagos recurrentes.

El mercado ha encontrado distintas formas de reducir esa barrera. Una de ellas son las tarjetas prepago, que han permitido ampliar el acceso a los pagos digitales sin depender de una línea de crédito. En mercados como México, Colombia y Brasil, además, se han convertido en una alternativa para controlar gastos y realizar compras por internet.

Esa utilidad, sin embargo, también permite observar hasta dónde ha evolucionado el mercado. Si una persona necesita conseguir una tarjeta, cargar en ella dinero y usarla para contratar un servicio, el sistema añade un paso que no siempre responde a su necesidad, poder utilizar directamente los recursos con los que ya cuenta.

Durante años, ese modelo tuvo sentido. Las tarjetas ofrecían una forma estandarizada para registrar un instrumento y autorizar cobros recurrentes; eran la tecnología disponible y resolvieron un problema operativo para comercios y consumidores.

América Latina avanzó. Las cuentas y billeteras digitales crecieron, los pagos instantáneos ganaron terreno, de modo que cada vez más personas pueden mover su dinero desde el teléfono.

El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) reportó en el informe ¿Cómo pueden los pagos digitales impulsar la inclusión financiera en América Latina y el Caribe?, que el uso de billeteras digitales para compras pasó de 7% en 2021 a 18% en 2024.

La infraestructura, por tanto, ya tiene capacidades que antes no existían. Podemos transferir dinero en segundos, pero algunos servicios todavía dependen de un instrumento creado para una etapa anterior de los pagos digitales.

Esto cambia la conversación sobre inclusión financiera. Tener una cuenta y contar con recursos no garantiza que una persona pueda participar plenamente en la economía digital; también importa qué puede hacer con ese dinero y de qué manera puede utilizarlo.

Hemos avanzado en el desarrollo de pagos digitales. Este avance abre una oportunidad para mirar el mercado desde otra perspectiva, no solo cuánto ha crecido el acceso, sino qué posibilidades de uso genera ese acceso en la vida cotidiana.

Relacionado: Cuando la inteligencia artificial decida cómo pagar, ¿qué lugar ocuparán los bancos?

Otra mirada a la inclusión

Para quienes observamos la evolución del ecosistema financiero en la región, esto cambia la forma de medir el progreso. Durante mucho tiempo, abrir una cuenta, emitir una tarjeta o descargar una billetera fueron indicadores de inclusión; son avances importantes, pero no cuentan toda la historia.

Una verdadera inclusión financiera debería preguntarse qué puede hacer una persona con los recursos que tiene: pagar una suscripción, automatizar el pago de un servicio, comprar en internet o autorizar un cobro recurrente sin obligar a incorporar un producto adicional.

Aquí aparece la pregunta pendiente:

¿Hasta qué punto tener más cuentas, tarjetas o billeteras refleja por sí solo una mayor inclusión financiera?

Esto no significa que las tarjetas vayan a desaparecer. Significa que deberían dejar de ser un requisito para acceder a experiencias digitales que una cuenta bancaria ya podría habilitar directamente. Las tarjetas seguirán resolviendo necesidades específicas, desde crédito hasta control de gasto. Pero una economía digital más inclusiva debería permitir que una persona elija pagar directamente desde los recursos que ya tiene, sin obligarla a incorporar un instrumento adicional.

La tecnología ya resolvió buena parte de la dificultad para mover dinero. Ahora el mercado entra en una etapa en la que también importa observar qué tan fácilmente puede utilizarse ese dinero en una economía cada vez más digital.

Ese cambio de enfoque lleva la inclusión financiera a un terreno más exigente, pasar de contar cuántas personas tienen productos financieros a entender cuántas pueden utilizarlos para participar plenamente en la economía digital.

Durante años medimos la inclusión preguntando cuántas personas lograron entrar al sistema financiero. La siguiente etapa exige una pregunta más difícil: ¿qué pueden hacer una vez que están dentro?

Tener una cuenta es un avance. Tener una billetera también. Pero la verdadera inclusión llegará cuando esos instrumentos permitan participar plenamente en la economía digital sin obligar a las personas a adquirir un producto adicional para utilizar los recursos que ya tienen.

Porque tener el dinero debería ser suficiente para poder pagar.

Simón Pinilla • cofundador de DRUO

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