Lo que el Mundial dejó en las calles: residuos, oportunidad y economía circular
Durante el Mundial de futbol se generaron toneladas de residuos plásticos que, en su mayoría, terminarán en rellenos sanitarios o tiraderos. ¿Cómo traducir la atención global que dejó el evento en infraestructura permanente en lugar de dejar que el problema de gestión de residuos se repita sin resolverse?
Las opiniones expresadas por los colaboradores de Entrepreneur son personales.
Conclusiones Clave
- Los grandes eventos deportivos representan una oportunidad perdida de economía circular.
- El plástico desechado puede convertirse en material de construcción, pero eso requiere política pública, infraestructura de reciclaje y corresponsabilidad industrial.
México fue sede de uno de los eventos más grandes del planeta: goles, selecciones, estadios llenos, semanas de fiesta. Pero, mientras todo eso ocurría, hubo un aspecto que se mantuvo fuera de la conversación: el impacto de todo lo que ese evento dejó en las calles y que, incluso después de terminar, sigue sin resolverse.
Cada gran fiesta deportiva es, entre otras cosas, una fábrica de residuos: botellas, empaques, vasos y embalajes que se generan en cuestión de días y que, en la mayoría de los casos, terminan en rellenos sanitarios, tiraderos clandestinos o, peor aún, en ríos y mar. No es un problema exclusivo de nuestro país: la tasa promedio de reciclaje en América Latina y el Caribe ronda el 4%. México, de hecho, es líder regional en reciclaje de PET —recupera cerca del 63% de ese material—, pero esa fortaleza no alcanza a compensar una infraestructura de gestión de residuos que se quedó corta frente al volumen de basura que generamos hoy.
Ahí está la primera cara de esta moneda, la que casi nadie quiso ver mientras duró la Copa del Mundo: cuando no existe una estrategia integral de manejo de residuos, tarea que exige la colaboración de gobiernos, empresas, organizaciones y ciudadanía, un evento de esta magnitud corre el riesgo de convertirse en una oportunidad perdida a escala monumental. No hablamos solo de buenas intenciones ni de campañas que piden “no tirar basura”, sino de infraestructura, cadenas de recolección y separación que funcionen, y un destino final que no sea, otra vez, un tiradero.
Pero hay una segunda cara, y es la que más nos interesa a quienes trabajamos en construcción sostenible: cada tonelada de plástico que se desperdició en estas semanas es, en realidad, una tonelada de materia prima que la industria de la construcción necesita. Vivimos una contradicción absurda. Generamos más plástico del que sabemos qué hacer con él, mientras seguimos extrayendo arena, grava y agregados vírgenes a un ritmo que ya está generando escasez en varias regiones del país y del mundo. El problema y la solución ocurren en paralelo, sin que se toquen.
Relacionado: Por qué es importante preocuparse por los residuos plásticos en las empresas
La economía circular no es un discurso de sostenibilidad corporativa vacío. Es cerrar ese círculo: tomar lo que hoy es basura y convertirlo en el material con el que se construyen escuelas, viviendas, banquetas, muros de contención. No es un tema menor: los edificios concentran cerca de una tercera parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y en las construcciones más eficientes, el llamado carbono embebido, que viene de fabricar y transportar los materiales, puede representar hasta la mitad de esa huella. Ahí entra la materia prima reciclada: cada bloque hecho con plástico recuperado en lugar de agregados vírgenes reduce directamente esa carga. La tecnología ya existe y ya se aplica en México; lo que falta es escalarla al tamaño del problema que enfrentamos.
Un evento como el que el país acaba de albergar pudo haber sido, si se hubiera revisado a fondo, el mejor caso de estudio sobre gestión circular de residuos a gran escala. Con la cantidad de plástico generado en las sedes mexicanas, existía —y sigue existiendo, porque el reto no desaparece con el silbatazo final— la posibilidad de demostrar que un evento masivo puede dejar infraestructura construida con sus propios desechos, en lugar de solo dejar basura como legado.
Aquí está la arista negativa que no podemos omitir: iniciativas como esta, por sí solas, no resuelven el problema estructural. Un proyecto, por ambicioso que sea, no sustituye la política pública de gestión de residuos que el país necesita, ni la corresponsabilidad de la industria en el diseño de sus empaques. Hace falta separación en origen, plantas de acopio y marcos regulatorios más sólidos, construidos entre gobierno, sector privado y sociedad civil, para no seguir apagando incendios uno por uno, evento por evento, sin atacar la raíz del problema.
Lo positivo es que la Copa nos dejó algo que rara vez tenemos: atención global. Esa visibilidad es una ventana para demostrar que el modelo circular funciona, atraer inversión hacia esta industria y sacar la conversación sobre residuos del nicho ambientalista para volverla prioridad de infraestructura nacional.
La pregunta que vale la pena dejar sobre la mesa, no es si México reciclará más plástico la próxima vez que albergue un evento así, sino si, ahora que la fiesta terminó, vamos a aprovechar lo que quedó, residuos, atención global, alianzas activadas, para construir algo permanente: escuelas y vivienda. O si, como en tantos otros grandes eventos, la basura se quedará exactamente donde siempre se queda: fuera de nuestra vista, pero no fuera de nuestro problema.
Relacionado: Qué opinan los expertos del verde futuro para el emprendimiento y la sostenibilidad en América Latina
Conclusiones Clave
- Los grandes eventos deportivos representan una oportunidad perdida de economía circular.
- El plástico desechado puede convertirse en material de construcción, pero eso requiere política pública, infraestructura de reciclaje y corresponsabilidad industrial.
México fue sede de uno de los eventos más grandes del planeta: goles, selecciones, estadios llenos, semanas de fiesta. Pero, mientras todo eso ocurría, hubo un aspecto que se mantuvo fuera de la conversación: el impacto de todo lo que ese evento dejó en las calles y que, incluso después de terminar, sigue sin resolverse.
Cada gran fiesta deportiva es, entre otras cosas, una fábrica de residuos: botellas, empaques, vasos y embalajes que se generan en cuestión de días y que, en la mayoría de los casos, terminan en rellenos sanitarios, tiraderos clandestinos o, peor aún, en ríos y mar. No es un problema exclusivo de nuestro país: la tasa promedio de reciclaje en América Latina y el Caribe ronda el 4%. México, de hecho, es líder regional en reciclaje de PET —recupera cerca del 63% de ese material—, pero esa fortaleza no alcanza a compensar una infraestructura de gestión de residuos que se quedó corta frente al volumen de basura que generamos hoy.
Ahí está la primera cara de esta moneda, la que casi nadie quiso ver mientras duró la Copa del Mundo: cuando no existe una estrategia integral de manejo de residuos, tarea que exige la colaboración de gobiernos, empresas, organizaciones y ciudadanía, un evento de esta magnitud corre el riesgo de convertirse en una oportunidad perdida a escala monumental. No hablamos solo de buenas intenciones ni de campañas que piden “no tirar basura”, sino de infraestructura, cadenas de recolección y separación que funcionen, y un destino final que no sea, otra vez, un tiradero.
Pero hay una segunda cara, y es la que más nos interesa a quienes trabajamos en construcción sostenible: cada tonelada de plástico que se desperdició en estas semanas es, en realidad, una tonelada de materia prima que la industria de la construcción necesita. Vivimos una contradicción absurda. Generamos más plástico del que sabemos qué hacer con él, mientras seguimos extrayendo arena, grava y agregados vírgenes a un ritmo que ya está generando escasez en varias regiones del país y del mundo. El problema y la solución ocurren en paralelo, sin que se toquen.
Relacionado: Por qué es importante preocuparse por los residuos plásticos en las empresas
La economía circular no es un discurso de sostenibilidad corporativa vacío. Es cerrar ese círculo: tomar lo que hoy es basura y convertirlo en el material con el que se construyen escuelas, viviendas, banquetas, muros de contención. No es un tema menor: los edificios concentran cerca de una tercera parte de las emisiones globales de gases de efecto invernadero y en las construcciones más eficientes, el llamado carbono embebido, que viene de fabricar y transportar los materiales, puede representar hasta la mitad de esa huella. Ahí entra la materia prima reciclada: cada bloque hecho con plástico recuperado en lugar de agregados vírgenes reduce directamente esa carga. La tecnología ya existe y ya se aplica en México; lo que falta es escalarla al tamaño del problema que enfrentamos.
Un evento como el que el país acaba de albergar pudo haber sido, si se hubiera revisado a fondo, el mejor caso de estudio sobre gestión circular de residuos a gran escala. Con la cantidad de plástico generado en las sedes mexicanas, existía —y sigue existiendo, porque el reto no desaparece con el silbatazo final— la posibilidad de demostrar que un evento masivo puede dejar infraestructura construida con sus propios desechos, en lugar de solo dejar basura como legado.
Aquí está la arista negativa que no podemos omitir: iniciativas como esta, por sí solas, no resuelven el problema estructural. Un proyecto, por ambicioso que sea, no sustituye la política pública de gestión de residuos que el país necesita, ni la corresponsabilidad de la industria en el diseño de sus empaques. Hace falta separación en origen, plantas de acopio y marcos regulatorios más sólidos, construidos entre gobierno, sector privado y sociedad civil, para no seguir apagando incendios uno por uno, evento por evento, sin atacar la raíz del problema.
Lo positivo es que la Copa nos dejó algo que rara vez tenemos: atención global. Esa visibilidad es una ventana para demostrar que el modelo circular funciona, atraer inversión hacia esta industria y sacar la conversación sobre residuos del nicho ambientalista para volverla prioridad de infraestructura nacional.
La pregunta que vale la pena dejar sobre la mesa, no es si México reciclará más plástico la próxima vez que albergue un evento así, sino si, ahora que la fiesta terminó, vamos a aprovechar lo que quedó, residuos, atención global, alianzas activadas, para construir algo permanente: escuelas y vivienda. O si, como en tantos otros grandes eventos, la basura se quedará exactamente donde siempre se queda: fuera de nuestra vista, pero no fuera de nuestro problema.
Relacionado: Qué opinan los expertos del verde futuro para el emprendimiento y la sostenibilidad en América Latina